Patricio Downes, periodista de
Clarín, relató su encuentro con el ex capellán de la policía durante la
dictadura militar en Rosario. "Lo que le pedí es que si me tocaba morir
que fuera como cristiano", recordó Downes.
Temblando, dolorido por la paliza, con las manos atadas y
sus ojos vendados, Patricio Downes escuchaba unos pasos que parecían
sonar delante de él y a su izquierda. Cuando los pasos se detuvieron, un
guardia le bajó la venda y ante sus ojos apareció un rostro conocido,
que lo miraba fijamente. Se conocían hacía mucho tiempo, desde que
Patricio tenía 10 años, cuando sus padres lo enviaron a cuidar a su tío
enfermo, el padre Juan Downes, en Venado Tuerto.
Ese hombre, parado frente a lo que quedaba de él luego de la “biaba”
propinada en el subsuelo del Servicio de Inteligencia (SI), en las
entrañas de Jefatura, lo interrogaba con cinismo. Patricio pensó lo
peor; nunca imaginó estar en ese lugar, encontrarse con ese hombre allí,
en medio de gritos infernales, entre el horror mismo. Él se había
educado en el Seminario San Carlos Borromeo de Capitán Bermúdez, durante
diez años, y lo había visto varias veces a ese hombre, con sus
inconfundibles anteojos oscuros “culo de botella”, en otros tiempos mano
derecha de su tío Juan.
Aquel muchacho, ex seminarista, reconoció el clásico clériman, el
cuello que utilizan los curas, pero lo tenía tan cerca que no pudo
distinguir si tenía puesta la sotana. Ese hombre que lo interrogaba era
el capellán de la policía, Horacio Zitelli, confesor de la patota
liderada por Agustín Feced, hoy con detención domiciliaria.
Patricio Downes, sus dos hermanos, junto a Esther Cristina Bernal y
su pequeña hija de cuatro años, fueron secuestrados en la madrugada del
17 de agosto de 1977 del departamento de pasillo donde vivían, en calle
San Lorenzo 1027, frente al Hotel Savoy. Hacía un mes que Patricio había
dejado de trabajar en Industrias Gráficas y estaba abocado a la tarea
periodística, en la organización del suplemento de la zona sur de la
provincia de la publicación católica Esquiú.
Aquel domingo 17 de agosto de 1977 el dictador Jorge Rafael Videla
participó de los actos en conmemoración a la muerte del General José de
San Martín, en el Campo de la Gloria, en San Lorenzo. Los centuriones de
Feced necesitaban demostrar a la fuerza de represión y secuestros que
la maquinaria de la muerte estaba aceitada. Patricio, luego de la
paliza, tuvo un primer interrogatorio de alguien que tenía la referencia
de su pasado como seminarista. Vendado, escuchaba al oído en un
perfecto latín la voz del interrogador recitando las Catilinarias de
Cicerón: “Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?: ¿Hasta
cuándo Catalina abusarás de nuestra paciencia?”.
Ese domingo, Patricio sintió el movimiento frenético de los hombres
del Servicio de Inteligencia que iban y venían, discutían; escuchaba
cómo las manos golpeaban las cachas de los fusiles FAL, cómo martillaban
los cargadores, cómo gritaban las mujeres. Mientras tanto, una radio
transmitía el triunfo por 3 a 1 de Central sobre Lanús y tapaba los
gritos desgarradores de la tortura.
Al día siguiente, exhausto, Downes escuchó que alguien dijo: “Pollo
vení, a ver si conoces a alguien”. Le subieron la venda y dejó sus ojos
cerrados. Patricio sabía que el Pollo era José Baravalle, quebrado en la
tortura y luego “lanchero”, como le decían en la jerga a quienes salían
a señalar compañeros de militancia. “Me conocía, yo ya sabía que a él
lo habían chupado hacía un tiempo, que lo habían quebrado, que no había
resistido esa inmensa tortura y era vox populi entere los estudiantes
que colaboraba para señalar militantes. El me levantó la venda y yo
cerré los ojos. Ahí dijo «No, este no es, este gordito no es, es un
perejil. Estaba en la JUP por la minas»”.
“Prácticamente me otorgó un salvoconducto, una carta de inmunidad
taxativa” –siguió contando Downes–. A él lo tenían como el conocedor de
quién podía ser militante de peso. Yo lo conocía de un comedor popular
que había por calle Mitre, a media cuadra de lo que era la confitería La
Fragata; donde comíamos con un amigo, Efraín Pato Recaman, que hoy
está en Misiones, fundador de la juventud peronista en Rosario, que se
había abierto por disidencias en las metodologías. Cuando él se va,
quedó allí, esposado y vendado”.
A renglón seguido, Downes escuchó los pasos de dos personas. Una
frente a él y otra a su izquierda. “El de la izquierda me levanta la
venda, abrí los ojos y ahí lo veo a Zitelli, de frente, a corta
distancia, con sus inconfundibles anteojos oscuros, culo de botella, con
clériman, el cuello característico de los curas. Me aterroricé y me
dije: «perdí». No imaginé verlo allí, ni idea de que era capellán. Lo
primero que dijo el guardia cuando me sacó la venda fue «este es», pero
esa frase no sabía si era «este es» vamos a salvarlo, o «este es», y era
boleta”.
Y continúa el relato: “Zitelli me dice: «¿Estás en comunión con la
iglesia?» Yo contesto afirmativamente y me dice: «Pero Cristo no era
marxista». Yo le contesté que no era marxista. Me quería adjudicar algo
que en ese momento justificaba una eliminación física, cuando no la
tortura. Cuando él dijo esas palabras le seguí diciendo que si me tocaba
morir, que fuera como cristiano, y que se me recuerde como cristiano”.
En la charla con El Ciudadano, Downes agregó: “Después de la golpiza
que recibí, escuché al mismo Feced, porque dijeron, «ahí viene el
comandante». Yo estaba en el rellano de una escalera, al lado de un
pasillo que conducía a su oficina; estaba tirado, esposado, con un
muchacho que llamábamos Jupo, un militante de la Juventud Peronista, que
lo conocía como estudiante y no sabía ni su nombre ni su apellido, le
decían Jupo, o Jupito. Un flaco alto, muy golpeado, muy torturado y no
podía tenerse en pie por los golpes en las articulaciones.
“Ese 17 de agosto a mis hermanos los soltaron. A mi interrogador le
dije que si había alguien con el que se tenían que quedar era conmigo.
Mis hermanos eran estudiantes, recién llegados del interior, no tenían
ningún tipo de militancia. Yo había tenido militancia en la JUP pero
había dejado un año y medio antes de la detención, cuando Montoneros
decidió como acción el paso a la clandestinidad, porque yo tenía
diferencias con la metodología”, relató el ahora redactor en temas
religiosos del diario Clarín, para completar luego sus recuerdos:
“Recién al otro día me soltaron. Las patotas entraban y salían.
Escuchaba a Esther Cristina Bernal pidiendo agua luego de una sesión de
torturas, y uno de los torturadores le hablaba con una suavidad muy
hipócrita y le decía: «No mamita, si te doy agua vas a reventar, tenés
que esperar, te voy a mojar los labios». Había discusiones, se iban a
hacer otros operativos, era un caos. Hasta que llegó uno y me dijo «vos
andate», y me puso de frente por la salida de la calle San Lorenzo. Yo
creía que me podía aplicar ley de fuga y que me estaban esperando afuera
para matarme. Una sensación muy fea. Caminé por San Lorenzo hasta mi
casa, estaba shockeado. Cuando llego a Dameo Pataca, una sandwichera que
estaba al lado del cine El Cairo, se me cruza un Fiat 128 y se baja una
patota. Me rodearon, uno me apuntó a la cabeza y me llevaron de nuevo a
Jefatura”.
Un día más
Allí estuvo un día más, en una escalera, parado, mirando a la pared:
“No me dejaban darme vuelta y bromeaban entre ellos. Entraban y salían, y
después de discutir entre ellos me volvieron a liberar. Salí y me tomé
un colectivo. Se me ocurrió ir al Seminario, y allí unos amigos me
ayudaron, me dieron ropa y me acompañaron a tomar el colectivo que me
llevó a Misiones, donde me encontré con mi amigo el Pato Recaman, y le
pedí que me llevara a la frontera para irme. El era viajante y me dijo
que me quedara y lo acompañaba por la provincia. Al poco tiempo, comencé
a trabajar en lo mío, que es el periodismo, y entré en el diario El
Territorio de Posadas. En el 82 ingresé en la agencia DyN y hace 25 años
que trabajo en Clarín”.
Consultado por el tiempo transcurrido y el testimonio que brindó ante
los Tribunales Federales de Rosario, Downes explicó: “Se dice que
Rosario siempre estuvo cerca, pero a mí por mi trabajo me costaba venir.
Me costó averiguar cómo y dónde estaban las causas. Perdí relación con
Esther Cristina Bernal, que era la otra persona involucrada y, en
realidad, se publicó poca información de Rosario en Buenos Aires. De
Tucumán, por ejemplo, de Bussi, se publicó mucho, pero de Rosario y la
causa Feced, muy poco. Yo sé que hace tiempo debía haber declarado y
además yo le había restado importancia a lo que a mí me había pasado.
Cuando lo conté, a mucha gente le pareció terrible, pero en los
escalones de la tortura y represión de aquellos años, lo mío no me
parecía. Igual reconocí a Zitelli aquel día”.