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miércoles, 5 de junio de 2013

SANTA FE: Chalet: el estigma del agua-ESTÁ EMPLAZADO EN EL SUROESTE DE LA CIUDAD

Sus casas de techos bajos llevan la marca del Salado que tapó al barrio en 2003 y de la lluvia que lo volvió a inundar en 2007 y que despierta temor cada vez que el cielo amenaza.

En la calle. Quienes conversan, bolso en mano, y ven pasar los días desde su sillón en la vereda son el verdadero valor del barrio Chalet.
Agua. La realidad de barrio Chalet está signada por el agua. No sólo por la canoa que pisa tierra firme en la esquina de Río Gallegos y Santiago de Chile y hace presente el paso del río Salado, diez años atrás. Ni por el terraplén Irigoyen que lo resguarda de su crecimiento y fue una de sus raíces. También por las copiosas lluvias que escurren desde la zona sur de Santa Fe, agua que cae del cielo y sigue su curso hacia este barrio, en una alcantarilla cuya ampliación es todavía una deuda pendiente.
Visible desde la Ruta Nacional 11, este paisaje de techos bajos, vecinos con mate y sillones en la vereda, es el que recibe el ímpetu de la avenida J. J. Paso, una de las dos calles asfaltadas que lo surca hasta Estrada, su límite oeste. La otra es Jujuy, que dibuja el norte del barrio hasta encontrarse con Dr. Zavalla en el otro extremo.
Algunos autos. Carros y pies que dejan su huella en la humedad que se condensa en árboles, paredes y en el barro. Paredes agrietadas por el agua que trepó sin permiso en 2003 y muchos aún no logran reparar. Heridas que todavía duelen y mojan los pies cada vez que el cielo amenaza con desbordar el suelo y volver a entrar en casa.
Valor humano
En las caras de los que convidan con mate y conversan bolso en mano, de vereda a vereda, reside el verdadero valor de este pedazo de tierra de Santa Fe. Todos coinciden en que su mayor riqueza es la gente, vecinos prestos a sumar una mano o un escurridor para pelear cada lluvia. Gente trabajadora -en su mayoría, grande- que lamenta la paz perdida a manos de un pequeño grupo de jóvenes que con frecuencia altera la tranquilidad.
En la media mañana que es su mediodía -porque se levanta a las cinco-, Roberto Menna cuenta que lo suyo fue amor a primera vista. Su casa y el taller donde intenta reparar el mundo llegaron a sus manos como forma de pago. La calma, los árboles y la cercanía con el centro lo sedujeron irremediablemente. “De acá no me voy más”, cuenta. Como él, también Teresa Fernández levantó su casa con sus propias manos que todavía amuebla con donaciones recibidas en la inundación. Bañada en canas lamenta, como tantos otros, “haber perdido todo”. Lo ganado es la mano tendida, las voluntades sumadas en la vecinal que todos apuntan como el corazón de Chalet.

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